Relajación y Amor
- Luis A. M. R
- 22 jun
- 1 min de lectura

Acercarme a esa herramienta,
cuando de manera automática
el cuerpo se contrae.
Al contacto con la muerte,
al principio del fin de "la vida”.
Aun con la inocencia de ese desconocimiento,
de lo que verdaderamente es vivir el día,
y los siguientes,
con el vacío continuo
de quien me ha alimentado física y emocionalmente.
El cuerpo es sabio.
De manera intuitiva escucha,
aunque la comprensión llegue mas tarde.
Se adelanta porque el miedo,
comienza a recorrer como un fantasma
cada célula.
Me contraigo. Comienzo a colapsarme.
Los músculos empiezan a reducir su espacio
fibra a fibra.
Acorto los movimientos, haciendo de la rigidez
el arte de querer pasar por encima
de cuanto estoy viviendo.
Trato de estar a la altura de este acontecimiento,
desconocido y a la vez temido,
como si en mi propio conocimiento
supiera que es esto de vivir con el adiós.
¡Si fuéramos capaces de celebrar
el final, cuando venimos a la vida!
¡Si verdaderamente pudiéramos despertarnos a la vida
comprendiendo que es a la vez una despedida!
Pero quienes nos alimentaron, dejaron de vivir
en este presente que tanto nos hubiera ayudado.
Y en esta ausencia de presencia, de adultos,
el apego nos aleja.
Sirve el acompañamiento, la escucha,
unos ojos donde mirarme, donde dejarme ver,
donde el cuerpo perciba que no estoy solo,
al contacto con la piel.




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