A Ciegas
- Luis A. M. R
- 18 feb
- 1 Min. de lectura

Ni siquiera, no hacer nada
y cuando trato de darle algo de forma
aparece una voz conocida
que castiga, aprieta.
Abandono.
Dejado de la mano,
en medio del espacio,
sin miradas que sostienen,
ni palpitos que calientan la presencia.
Apartado.
Sin interés alguno,
rodeado de fantasmas
que con sus sabanas mueven el aire,
y ahuyentan el calor del llanto.
Acostumbrado a echar gasolina al fuego,
a sus explosiones descontroladas,
a dejar limpio el terreno.
Me pierdo cuando el fuego se vuelve fatuo,
se acerca y me acaricia.
Entonces busco en el terreno unas piedras,
un circulo, pajas y ramas,
donde lo dejo descansar.
Dejo caer suavemente mi cuerpo
sobre las piernas que hábilmente se cruzan.
Sentado, observo las llamas.
Baile conjunto, chasquidos, calor…
Es necesario tomar una decisión.
Una, que firmemente corte la cuerda
que a menudo tira de mi
hacia el interior del pozo sin fondo.
No es fácil sentir el valor
cuando fue disfrazado durante todos estos años.
Si es necesario, cerraré los ojos, alargaré los brazos,
y paso a paso me desplazaré hacia adelante,
palpando el aire con las manos.




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